miércoles, 27 de mayo de 2015

ELVIRA



Me encontraba en un dominio astral sonsacando al Universo cuando apareció ella, Elvira. Una figura de luz inmensamente hermosa, ¡tanto!, que me conmovió, y para lo cual no cuento calificativo que pueda igualar lo que irradiaba. A Elvira la conocí siendo ella hombre, en un pueblo llamado Labora, dos siglos atrás, en la actual, poco coincidimos, se fue de nuestro lado hace unos años, siendo niña. Aprobó todas las lecciones que la escuela de la vida le propuso aprender. Con una voz y sonrisa que me pareció sacadas de las mismas estrellas, relató.




   

      Los padres que dejé continúan sufriendo mi pérdida, les visito a menudo y les hablo y abrazo en sus sueños. Ellos creen que me perdieron para siempre, sin embargo, es ahora cuando en verdad cuentan conmigo. Con cada muestra de cariño que recibí me iluminaron avanzando juntos hasta las puertas del cielo. No sienten que fuera así, se preguntan si pudieron hacer algo más por mí. Hay una culpa inmerecida. Me apena no poder decirles que los tres evolucionamos cada uno dentro de su frecuencia amorosa. El amor con el que fui despedida ha sido mi regalo para que vivan felices. Sé de ellos en todo momento, mi madre ha sentido mi presencia alguna vez, duda de su tacto sensorial y acalla sus propias voces. Mi padre no sabe que sigo existiendo más allá de su corazón y mente, que soy y seré parte de su continuidad y nada podrá separarnos, y que seré yo, quien les venga a recibir cuando nada tengan que decirle a la vida que conocen.

     La historia que compartimos,  se remonta a dos vidas atrás de ellos, entonces fui hombre y al que conocí mejor fue a mi padre, de nombre Nicolás. En cuanto a mi madre, conocía su nombre y un vago aspecto de su figura con el uniforme de doncella. Él era reclutador y el supervisor de obreros para un importante hacendado, yo fui uno de sus elegidos para la tarea de horticultor. Tenía trece años y un precario esqueleto por la escasez de comida, que diestramente suplía con anchos ropajes heredados o donados, eso me daba igual. Lo que me importaba era el dinero que con el trabajo podría entregar en casa paterna, por lo que  oculté que era inexperto en la tarea que se me encomendaba.

     Nicolás ganaba en fama de violento y hostigador, respetado por el miedo que generaba su poder de otorgar trabajo, entre otras cosas. Al conocerle, no me pareció ni bueno ni malo, alguien inexpresivo cuyo poder radicaba en el foco de atención que su mente considerase para idear un plan. En el primer día de trabajo, ya noté su mano diestra dejarse caer con dureza sobre el mentón izquierdo de mi cara. No servía para el trabajo pero me dio otra oportunidad salva vidas. Me esmeré hasta el límite, y en pocos meses la cosecha emergía, a opinión de Nicolás, raquítica como yo.

     Todo el servicio realizado en los muchos años al arrogo de aquel tirano, dejó secuelas físicas en mi espalda y rostro, sin embargo, no tan profundos fueron sus miserables insultos en mi mente y corazón, a pesar de no entender la tomadura en mi persona. Me llevaba la palma a los no premiados, sin que por ello se libraran los demás empleados de recibir sus atrevidos obsequios. Encontraba la manera de encontrar el punto débil en sus vasallos, para él casi todos, y una vez hallado, allí hincaba el anzuelo.

     Nadie le quería de verdad y todos le temían. Lo que ofrecía Nicolás era temor, y miedo era lo que recibía. El amor, en su auténtica llanura, no lo recibía por no proponerse ofrecer lo que sin duda albergaba en su corazón. Todos conocemos el amor y el miedo, y él quiso inclinarse por el que le diese más valor. La hacienda era un ir y venir de extrañados. Reconozco no saber, qué simpatía de Nicolás emanaba tras su ferro armazón, que había llegado hasta un rinconcito de mí ser. Por él, un hombre que no sabía dar amor ni en pequeñas dosis, sus hijos desconocían de él el roce de sus labios y lo que recibían, palmadas más bien toscas y a destiempo. En mis reflexiones le disculpaba, nadie que no sufra el desamparo del cariño y la autoestima, puede infringir tales carencias, lo pensaba alguien que conocía el afecto mutuo de una multitud. A su funeral asistieron dos docenas de familiares y conocidos comprometidos, y yo.

     Pasaron dos lapsus de mi memoria hasta volvernos a reencontrar. Nicolás había suavizado el carácter gracias al contexto que eligió, y a su posterior regreso a la tierra. Ya no era lo que fue con el cuerpo que le conocí, no obstante, el amor seguía siendo un enigma y se esforzaba en detectarlo. Me ofrecí a venir como hija suya de una manera especial. Mi misión consistía en darle a conocer el amor de verdad.

     Vine con escasa visión ocular y malformaciones congénitas que la medicina tradicional catalogó de poco menos que irreversible. En casa adoraban y cuidaban a la frágil pequeña que mi cuerpo les mostraba. Los médicos avisaron a mis padres del riesgo que correrían los futuros hijos que decidiesen tener, cabría la posibilidad de que si no todos, algún descendiente más desarrollase el temible desarreglo físico. Pero yo no nací en aquel estado a causa de ningún desajuste biológico o terrenal, con lo cual los futuros hijos nacerían con salud. Fue mi decisión, aprobada por Aquellos que mantienen a salvo la Fuente de Inspiración. Era mi última venida con aspecto físico y quería ofrecérsela a Nicolás.

     A mis padres no les importó el vaticinio de los médicos, y comprendiendo que yo significaba para ellos lo equiparado al amor, decidieron tener tres hijos más. A medida que el amor en ellos se extendía en rapidez por el hogar y las casas vecinas, el tiempo para mí se acortaba, me estaba liberando de mi cargo y antes volvería a Casa. Pronto todos pudieron ver a Nicolás derrochando amor por su hija Elvira, la única de sus cuatro hijos nacida para ser ejemplo del amor en los demás.

     Mi padre jamás perdió la esperanza de verme recuperada, su vida la tenía dedicada a mis cuidados, mimos y darme la máxima alegría que compartía con el resto de la familia. Cuando supe, que el cupo del amor habido para ofrecer a mi padre, el Nicolás conocido de otra realidad y prejuicios, estuvo instalado en su corazón y reconocido sus efectos sanadores, me vinieron a buscar y depositaron en la luz que soy ahora. Tenía ocho años. Cumplí con el trato y liberé a mi padre del miedo a reconocer su naturaleza amorosa y sencilla. Le he dejado en herencia para sus próximas vidas, el acercamiento a otros seres con respeto y humildad, y en esta lo está llevando a cabo.

     El sufrimiento de Nicolás es parte del proceso, el amor cuando no se entiende en una versión más extendida, produce incertidumbre y un pesaroso abandono. Yo calmo en ellos la parte que unida a mi luz, reconoce la libertad por la que optamos estar unidos, y pasar por un sendero que de estrecho y dificultoso solo tiene lo que la mente entienda por ello.  

Hoja del diario de; "Un viajero en el tiempo"
Mila Gomez.