miércoles, 6 de mayo de 2015

Lo banc de la paciència

 
 
 
 



He terminado la jornada laboral, son la una de la madrugada y voy caminando a casa. Por el camino me detengo en el parque y siento ganas de entrar y sentarme en uno de sus bancos. Es una noche cálida y silenciosa, diría que extremadamente tranquila. Ocupo un banco cobijado por un alto pino cuyo frescor inhalo con agrado. Enfrente hay un busto de un torero famoso y a la izquierda una gran cruz de piedra, de las que se ponen en las entradas de los pueblos. La noche es oscura y la farola de la entrada da una luz mortecina al entorno.

Pienso que vivo un momento para simplemente ser y estar; ser un huésped más del pequeño parque al que la vista abarca por completo, y decido escuchar los sonidos que la noche trae con su silencio. Grillares nocturnos y alguna hoja que se cae, minúsculo sonido que capto. El canto de las aves y a lo lejos, el reclamo de una gata en celo.

Un rumor procedente del estómago me recuerda que no he cenado, y de repente, al desviar la atención me doy cuenta de que también escucho mi miedo. No hay razón y sin embargo, me recreo en las dudas. Cualquier cosa podría asustarme, o alguien que al igual que yo, deambula a la caza de sorpresas mágicas.  No puedo por menos de conocer el miedo hacía alguien o algo que no me ha ofendido. Miedo por escuchar unos sonidos que nunca oigo. Miedo a una soledad acompañada. Miedo al saber que siento miedo de la nada.

Mila Gomez