miércoles, 15 de julio de 2015

Alfred y Thor







Alfred y Thor

Los hermanos Alfred y Thor, son dos jóvenes mininos que viven solos la mayor parte del año en el garaje de una casa grande y bonita. Sus humanos vienen a menudo y entretanto yo me cuido de visitarlos y ponerles alimento. Salimos los tres a pasear por los extensos campos de fresca hierba que les gusta de comer para limpiar sus intestinos, [eso es lo que me dicen.] También se detienen a beber agua de la piscina y se quedan embobados viéndose reflejados en el agua.  

Si no tienen un día festivo de juegos y persecuciones, extraño en ellos, sentados en el banco de piedra dialogan conmigo, casi siempre, de cómo extrañan a la humana que consideran su mamá gata. Me emociona el que podamos entendernos. Y también,  cuando les toco el claxon del coche para anunciarles mi llegada y se acercan a recibirme, darme unas lengüetadas en las manos a modo de calurosa bienvenida al acariciarles la barbilla. Les gusta mis caricias y a mi sus ronroneos.

Alfred y Thor  son inseparables, Alfred es el más atrevido y el que de tanto en tanto, se extravía durante horas a la caza de algún ser inquieto que amedranta por la casa y los prados de su propiedad. Thor se queda intranquilo esperando a su hermano en la puerta del garaje, sale y entra nervioso por la gatera sin saber si salir en busca de su hermano o esperarlo.

─Tarda mucho. Me comenta.

─Si. Le contesto; ¿Qué quieres hacer Thor?

─Iré adentro a tumbarme, quizás me venga un sueño.

Al menos faltan quinientos metros, y ya huele a su hermano avanzar eufórico por entre la maleza y la fresca hierba. A veces sale a su encuentro, otras lo espera ceñudo y le amonesta.

─No me dejes solo tanto tiempo, si te atacan no estoy para defenderte.

       Alfred entra orgulloso y empieza a comer, como de costumbre, él es el primero en degustar, luego, Thor le imita.

Un día, el valiente Alfred se puso enfermo, según el médico, a causa de los pesticidas con  los que se abonan los campos y conjuntamente, las hierbas que comía. Tuvo que ser ingresado durante cuatro días, los mismos que Thor  pasó triste y preocupado por su hermano sin salir de festejos. Yo le acariciaba con las dos manos por debajo de la barbilla, y él quedaba extasiado mientras entonaba su melodía. Se olvidaba de todo para sentir mi contacto, yo entonces recibía su gracia de permitirme consolarle. Pasan unos segundos desde que le retiro las manos y aún sigue algo lelo, imagino que se está situando en el presente. Me dice.

─Ufff  ¿Tú sabes adónde iba?  

─Ja ja ja

Cuando Alfred estuvo de vuelta, Thor lo recibió de la misma manera que se recibe el mejor regalo de la vida.  

Pronto se dio cuenta que Alfred venía debilitado y flaco. Los juegos y cacerías tendrían que posponerse, y él, no iba a dejar solo a su hermano ni un momento. Decidió que lo cuidaría junto a mi ayuda. Además, a él no le iba mucho ir de escapadas, prefería llevar una vida casera, dentro del garaje vivienda y las extensiones de sus parcelas. No quería problemas con los gatos de la zona por querer entablar amistad con las gatas.  

─Si nuestra humana estuviera aquí. Me decía con nostalgia.

─Pronto vendrá. Le contestaba yo. ─Ahora me tienes a mí, y Alfred se pondrá bien en unos días.

A medida que Alfred se restablecía, ganaba en ganas de jugar y subirse a los árboles. Thor le reprendía y se dirigía a mí con la misma retahíla.

─Si nuestra humana estuviera aquí.  

Casi en plena forma, Alfred decidió que estaba listo para ir de conquistas. Se lo comunicó a su hermano y pidió que le acompañara. Thor reacio, vacila y le recuerda que continúa convaleciente.

─Mejor lo dejamos para otro día. Vayamos a descansar sobre los cojines del banco de piedra.

A lo que Alfred le contestó.

─Si no quieres venir te puedes quedar. Quiero saludar a los gatos vecinos.

Acto seguido salió corriendo y Thor maulló.

─Espérame que voy contigo.

Viéndoles alegres como antaño, marché y regresé al día siguiente.

─Hola Alfred. ¿Dónde está tu hermano?

No me contestó y se puso despacio a caminar. Le seguí sin decir nada y dimos un paseo. A la vuelta nos sentamos en el banco y le acaricié el lomo mientras tanteaba su recuperación. Comprobé que le faltaba la venda que tapaba una herida de la pierna, además de tener algún que otro rasguño. Volví a preguntar por Thor y volví a recibir su silencio.

Durante cuatro días los mismos paseos, las mismas preguntas por su hermano y el mismo sospechoso silencio.

Preocupado por la desaparición de Thor, me puse a buscarlo por mi cuenta sin encontrarlo. Alfred estaba más triste y serio que nunca. Al fin, entre caricias y palabras alentadoras le sonsaqué la verdad que aquí resumo.

Cuando la última vez se fueron juntos estando Alfred falto de agilidad, zigzagueando por los árboles y enredados en los matojos, les corta el paso una feroz raposa. Alfred, el atrevido, iba delante de su hermano y en consecuencia, el primero en toparse con la acechadora. Thor quedó paralizado por el miedo, unos segundos, hasta que se percató que su querido hermano estaba a punto de perderse en las fauces de aquel horrendo abyecto sin escrúpulos. Lo vio, con toda la debilidad que nunca tuvo y ahora por su flaqueza, lo poseía y atenazaba erizándole hasta los pelos del bigote. Thor pensó que Alfred no estaba listo para el combate con semejante desventaja, acostumbrada a ganar todas las batallas. O moría él, o moriría su hermano. Aquellos pensamientos y emociones surgidos en menos de contar una palabra, fueron lo suficiente convincentes para que Thor, de un ágil salto cayera encima de la raposa, interponiéndose al ataque mortal. Alfred aprovechó para escapar tambaleándose con sus débiles piernas y enredándose con el espliego. De repente se acordó que a manos del enemigo dejó a su mejor amigo y único hermano. Se acercó arrastrándose sin hacer ruido y lo que vio, le heló el corazón. Su hermano estaba siendo la victoria de la raposa y él nada podía hacer para ayudarle. Se sintió más enfermo que nunca y cabizbajo regresó a casa.

Alfred se ha quedado solo y ahora es él, el que añora a su humana gata, no deja de preguntarme por ella y de cómo le gustaría estar en su compañía. Su energía se ha debilitado y apenas come. De vez en cuando sus maullidos reflejan desolación por la pérdida de su hermano y triste me confiesa que quiere estar con su humana, ya no tiene ganas de jugar con sus amigos vecinos y temo, que vuelva a recaer. Abrigo la fatalidad de que si no se va a la ciudad a vivir con su familia, morirá de tristeza o consumido por la raposa. El valiente Alfred ha dejado el calificativo en el recuerdo de Thor, su querido hermano. Y él, vive sintiéndose de algún modo, parte de lo que representaba Thor.

─ Te prometo que haré cuanto pueda para que estés con ella. Le aliento y consuelo.

Alfred vive ahora en la gran ciudad, con su querida humana y en una casa mucho más pequeña. ¡Pero qué acogedor resulta vivir con tanto cariño! A pesar de haberse tenido que acostumbrar a vaciar sus intestinos en una pequeña caja llena de tierra, y comer las hojas de las plantas que decoran su nueva vivienda.
─Ahhh, ¡que feliz soy! Me dice cuando voy a verlo.  

Mila Gomez
Fotografías cedidas por Rosa M. Panadés