viernes, 19 de febrero de 2016

Ensueño de un Bandolero (I)


Entonces el malhechor no puede hacer el mal sin la voluntad oculta de todos ustedes…. Y cuando uno de ustedes cae, él también se cae por los que están detrás de él, una advertencia contra la piedra del tropiezo. Ay, y él se cae por aquellos que están delante de él, quienes pensaron más rápido y con paso más seguro pero no sacaron la piedra del tropiezo… El asesinado no es considerado libre de responsabilidad por su propio asesinato y, a quién le robaron no se le considera sin culpa por ser robado… Sí, el culpable es a menudo la víctima del que hirió.
"Khalil  Gibran"




Ensueño de un Bandolero
           
            Cruzó profundos barrancos y altas montañas, caminos estrechos colgados al borde de inmensos precipicios cuyo fondo discurría el cauce del río.  Frondosos pinares, praderas y enebros oscurecían su verdor al compás de la llamada nocturna, lenta y silenciosa, que brindaba el tórrido verano. 

         Cuando el sol se ocultó bajo el cerro, el crepúsculo advino tiñendo las altas cogollas de los árboles de un color naranja intenso. Aunque cansado y sudoroso, su atlética constitución y entrenamiento de su época pedestre, le permitió llegar a su objetivo antes que la luna se adueñara por completo de la noche.  
            
            Oculta en un pequeño valle de altas y espigadas mies a punto de recolectar, se enaltece la lujosa residencia Ávila. 

            Descendió con cautela por entre los almendros a través de un campo amapolar.

            Un muro de piedra y alta puerta enrejada  le frenaron  el paso. En vano, tentó a la suerte para abrirla  con un breve y apretado empujón. Sin dilación, sus dedos pasaron a blandir  el rígido pasador, el  chirrido de los goznes le alertó a desistir.  Comprobó que la faja sujetaba bien el trabuco y los cuchillos, se quitó el cachirulo que cubría su cabello, se secó el sudor de la cara con él, y volvió a colocárselo.  Estudió las piedras al tacto encaramándose  por las  grietas más abiertas. 

            Saltó cayendo en una cálida sábana boscosa. Por su costado derecho el olor del florido tomillo del lindero, por el otro, el casi salvaje aroma de las coloristas rosaledas. En medio de lo que parecía un parque natural, que ha su intromisión favorecía, un camino de gravilla llegaba hasta la entrada de la casa, presidida por un silvestre laurel y un porche sostenido con columnas, dentro, un sofá de mimbre, dos mecedoras de madera, una mesa redonda y macetas con plantas cuajadas en flores. 

            Del hato extrajo cuatro aves muertas asidas, aguardó agazapado que expandieran el olor, sabía, que en pocos minutos daría resultado. Dos perros negros aparecieron al mismo tiempo, corrían hacía a él, sacaban espuma por la boca y enseñaban los dientes, sin embargo, apenas salió de sus gargantas las amenazadoras protestas de bienvenida que cabría temer, de dos machos guardianes de una casi fortaleza. Las aves lanzadas los detuvieron, olvidándose del  intruso.

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            El cielo se pintó de añil claroscuro, la media luna y los pequeños astros refulgían igual que luceros colgantes. Cuchillo en mano por entre los olivos, anduvo unos quinientos metros cuesta arriba hasta llegar a las cuadras, sin perder  de vista las luces que se iban encendiendo por la casa. Creyó ver un halcón sobrevolar por encima de su cabeza.


            Entró sin vacilar,  sintió el cálido y fermentado tufo del establo, vahado  por dos finos cirios. Los caballos y los burros  estaban tranquilos.  Cauteloso preguntó.

            ─ ¿Hay alguien aquí? 

            Detrás de una bala de paja salió sonriendo Teresa. 

            ─ ¡Querido Pascual!, temía por ti. Entra rápido y cierra la puerta, no se vayan  a asustar las bestias.
      
            Igual que a un encontrado amigo, lo abrazó y besó en las mejillas. Se acercó a un estribo esquinado de piedra, cogió y encendió un quinqué para iluminar mejor la estancia. 
 
            ¡Me alegro tanto de verte! Llegué a pensar que quizá no te arriesgarías a venir. Has sido muy valiente al correr sin duda los peligros del camino.

            Pascual contestó dirigiéndose a su lado y, al encuentro de un plato con comida que Teresa le señalaba.
 
            No hubo problemas, tus indicaciones de todo lo que podía encontrar me facilitaron las cosas. Además, tus amos son muy confiados.
 
            Si, no están acostumbrados a visitas inesperadas, y los perros apenas saben atacar. –Le respondió Teresa.

            Pascual de pié, comía con buena gana la carne de buey estofada y un trozo de magra con pan, acompañado de generosos tragos de vino de la bota. Teresa a su espalda, sentada en una silla, le observaba en silencio comer el sobrante  de cena que ella misma escogió. Habida cuenta su estómago, se giró despacio hasta encontrar los trigueños ojos de la mujer. Presta se levantó, adivinando su ferviente intención le propuso.

            ─Tengo preparado un barreño con agua, estuvo todo el día al sol y guarda buena temperatura, ah, y  una pastilla de jabón. Te sentirás mejor una vez te hayas quitado el polvo y sudor del camino. Mientras tanto, lavaré tu ropa y  repararé el calzado. Quiero que mañana entres en la casa decente.  


            Obedeció más por quitarse el  cansancio y relajarse, que por la suciedad de los cuatro días caminando a pleno sol. Al terminar ambos con la tarea, Pascual desnudo y mojado cogió el delantal que le alargaba Teresa para tener algo con que secarse.

Continuará....


Mila Gomez. 



Nota: Pedestre