domingo, 28 de febrero de 2016

Ensueño de un Bandolero (Parte IV)





            Estaba tan aletargado que no escuchó que alguien abría la puerta del establo y entraba. 

            No había cambiado de posición en toda la noche, una capa brillante bañaba todo su cuerpo, por las comisuras de los labios caía un fino hilillo de saliva. La estancia entera era una caldera de vahos  soporíferos, hasta los animales estaban inmóviles. 

            Dirigiéndose a una pequeña ventana la cual abrió, Teresa saludó con aparente buen humor.

        ─ ¡Buenos días Pascual!  − Encaminó sus pasos hasta el hombre mientras hablaba. 

            ─ Te traigo comida, vino y café.  Anda, levántate y recompón fuerzas, yo regresaré después de la cena a buscarte. Habrás de tener paciencia y dedicar el día a repasar los pasos que has de dar, una vez estemos juntos dentro de la casa. Y la ventana, ciérrala en una hora, no te vaya a delatar frente al jardinero, para entonces estará por aquí. La ropa está seca, vístete y ten cuidado, sobre todo, no te acerques a los animales, no vayan a encabritarse y liemos una gorda. Don Tomás  llegará de su viaje al mediodía, por lo que toda la familia estará pendiente de él y yo podré organizar mejor tu entrada.  ¿Tienes alguna duda? (…) −Dime, ¿dormiste bien?

            Se despertó sin saber donde se encontraba, al lograr despejarse escuchó la última frase de Teresa, su cabeza retenía un vago recuerdo  de reciente  monserga.

            ─ Podías haber empezado por ahí antes de tanta bobada. Gracias, he dormido bien, y tranquila por todo lo demás, sé al dedillo  lo que tengo que hacer. ¿Dudas de mi profesionalidad? Recuerda que soy “El Floro”. Puesto que la paciencia la he de tener yo solito,  ¿por qué no me alegras la espera?

            Agarró la bota de vino y tomó un largo trago.

            Teresa dudó unos segundos, miró hacia la puerta, en pos a la ventana, que volvió a cerrarla. Pensó que aquel hombre le seguía pareciendo atractivo, y muy probable, fuese  la última vez que se amaran. Se acercó y tumbó a su lado, se olvidó de todo e intentó disfrutar  igual que cuando lo conoció.

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            La tarde caía lánguida, húmeda y silenciosa, más lenta que una huida por valles y páramos desiertos con el hambre apretando el estómago. Caminó por el establo hasta sentirse  cansado, luego se metió en el barreño con agua que utilizara el día anterior. Se vistió y esperó sentado a que Teresa llegara. 

            Quizá fuese el aburrimiento, que de nuevo le pareció ver al halcón posado en el alfeizar  del ventanuco y desaparecer tras un rayo luminoso.

            A las 20,20 horas entran en la casa por la puerta de servicio. Nadie reparó en ellos, a esas horas tres generaciones Ávila al completo, huéspedes y casi toda la servidumbre, están reunidos en el salón de los juegos.

           Formando un semicírculo en el suelo, están sentados los niños sobre cojines,  detrás, en sillas, la familia con los más allegados, decreciendo la forma amigos y algunos vecinos. Al fondo, tras una separación de cuatro baldosas,  una treintena de empleados, de los que se cuentan varios de otras casas. 
           
            El dosel bermellón se balancea a voluntad de la suave brisa, tapando parcialmente la escasa claridad del  balcón abierto de par en par.
           
            Todo está preparado, una gran tela blanca de pared a pared  pende sujeta por sogas que enganchan a una biga del techo. Descansa en varios baúles dónde se guardan objetos y ropajes para la función. A un sector de la tela, los comediantes actuarán con ayuda de las luces de tres farolillos que proyectarán las sombras, en invierno proyectadas por el acogedor fuego de la gran chimenea. Al otro lado, los que disfrutarán con la función averiguando a qué ser, animado o inanimado  pertenece la sombra, en especial los más jóvenes, que no marcharían  a dormir en toda la noche. Los pequeños Fermina y Blas Ávila de 6 y 5 años de edad ya están alborotados.
           
            Antigua costumbre la del teatro de las sombras, que ningún año olvidan representar por fechas navideñas. En esta ocasión adelantada unos meses debido a los nuevos planes de don Tomás Ávila, que tiene en vilo a su esposa doña Jacinta con los preparativos, y a los tres hijos mayores entusiasmados con su nuevo hogar de las vacaciones, amigos y juegos diferentes prometidos por su padre. 


Continuará...

Mila Gomez.