lunes, 22 de febrero de 2016

Ensueño de un Bandolero (Parte II)








                Casi le igualaba en estatura, una buena moza capaz de enamorar a quien se propusiera.

           Fue en la primavera pasada cuando la conoció en Gea, enviada allí para cuidar de una parienta enferma de su señora. 

            Él paseaba próximo al lavadero municipal y escuchó las alegres conversaciones de las lavanderas, se detuvo, tímidamente se acercó con precaución de no ser visto. En lo primero que se fijó  fue en las protuberantes caderas de Teresa que, encorvada por la cintura, las  movía con grácil descaro al son de sus musculosos brazos desnudos, restregando la ropa. 


            Esperó a que terminara y quedase sola para interceptarla.
  
            ─Perdone el atrevimiento. Dijo inclinando la cabeza con el sombrero en la mano.  Una dama tan elegante como usted debería tener criada que acarrease con ese pesado cesto.

            Mirándole con altivez contestó.

            ─ Creo que sus ojos no ven del todo bien. ¿Acaso no se ha fijado en el desgastado delantal y mis ásperas manos? Yo soy la criada.

            Siguió su camino ignorándolo.

            A Pascual le gustó enseguida aquella joven, en especial las curvas pronunciadas de su figura, con sus voluminosos pechos que parecían querer escapar por el escote de su  jubón, que ni el lazo de la mantilla disimulaba.

            ─ No quise ofenderla. Créame si le digo que me resulta muy hermosa y distinguida. Bien podría pasar por ama que por criada. Satisfaría mi torpeza si me permitiese llevarle el cesto a su domicilio, en el caso, claro está, que no haya molestia por parte de su prometido si nos viera.

            Teresa lo miró divertida. Aquel corpulento hombre bastante mayor que ella, con las dos manos sosteniendo el sombrero, le resultó atractivo y, atrevida e ingeniosa la manera de abordarla para entablar amistad. De ninguna manera creyó que la considerase otra cosa que criada, lo había visto cerca del lavadero, y seguirla disimulando a posteriori. Se preguntó de qué casa del pueblo sería, no lo había visto nunca. Tampoco ella era de allí, detalle que la indujo a conocerlo.

            ─ Es usted muy ingenioso y amable, para su conocimiento le diré que no soy casada ni prometida. Puesto que quiere llevarme el cesto, se lo cedo, a mi me pesa demasiado.

            ─ Gracias por la confianza. He sido guardaespaldas de un importante caballero, la escoltaré hasta su casa como si su vida dependiera de mi presencia.

            ─ Ja ja ja  ¡Que gracioso!. Aquí nunca pasa nada. Pero quizá usted, altere la costumbre.


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            A bocanadas el aire les trajo el olor de las fraguas cercanas, el sonido de los cencerros y el toque de oración de las campanas. Los ovejeros entran su rebaño en las parideras, allí las mujeres ponen el cáñamo a secar. Todos paran sus quehaceres para verlos mejor, y fijarse en el forastero que tapa  su cara con el cesto y acompaña  a Teresa.

            Se despidieron antes de llegar a la plaza aragonesa. Durante siete días se vieron a diario, Teresa procuraba hacer escapada nocturna y él, se ocultaba  dentro de una cueva que nadie conocía, comiendo los frutos de la tierra, lavándose en el río antes de los encuentros amorosos. Con el sombrero y las solapas de la chaquetilla levantadas, nadie pudo distinguir con claridad sus facciones en las pocas horas diurnas en las que  cargaba con el  cesto de la ropa, si bien sospecharon que podía  ser miembro de alguna de las cuadrillas que últimamente, asaltaban las parideras para llevarse alguna oveja.  


            Los dos amantes tuvieron tiempo de saber el uno del otro lo que necesitaban saber. Muchos secretos a medias confesados mientras yacían desnudos  en el lecho de una agreste carrasca, tendidos sobre una manta de tiras, abrigados por la mantilla de Teresa, conociéndose a través del tacto de los dedos y sus húmedos labios.  Los dos eran expertos en las artes amatorias, sobre el tema, hablaron lo justo y ninguno pretendió saber más. Eran libres y eso bastaba por el momento. 

            El futuro más próximo lo planearon bajo la atenta mirada de los redondos ojos de un mochuelo. 

Continuará...

Mila Gomez.