jueves, 25 de febrero de 2016

Ensueño de un Bandolero (Parte III)




            Después de secarse  tiró al suelo el delantal, agarró con fuerza su mano y la atrajo hacía sí. 

            Teresa  notó el febril hálito de la boca masculina acercándose a la suya. Con vehemencia la comenzó a besar,  en tanto que las manos recorrían su cuerpo en un intento desesperado de quitarle la ropa.  

            Ella se deshizo de su abrazo con brusquedad dándole la espalda, arrepintiéndose enseguida. Sabía que no podía eludir la intimidad, sintiendo desgana al respecto. Antes, prefería hablar del motivo de hallarse allí. Era de vital importancia que todo saliera bien. En su mente vislumbró  muchas veces todas las escenas del día siguiente, dudaba de si él, las recordaría. 

            Se volvió mirándole  con su mejor sonrisa, no le convenía enfadarlo.

            ─ No seas impaciente querido.  Tenemos un plan que llevar a cabo dentro de unas horas  y hay que preparar bien todos los detalles, no conoces la casa. Una vez terminado el trabajo podremos estar juntos cuando quieras. Queda toda una vida por delante para amarnos.  ─Expuso con delicadeza.

            ─No Rechazó serio Pascual. Llevo esperando mucho tiempo a que vuelvas a ser mía. Quiero que sea ahora. Por venir aquí he tenido que despistar a la guardia civil más veces de las debidas, lo he conseguido pensando en el momento de volver a tenerte, incluso más, que  en todo el botín que consigamos. No me hagas creer que tú no lo deseas. Ven aquí.
─ Concluyó  con afable autoridad. 

             Asió sus caderas y de nuevo, la besó con pasión conduciéndola con su cuerpo hacía las balas de paja. 

            Deshizo su moño y se dejó querer, al fin y al cabo a ella también le gustaba, sintió que aquel no fuera su mejor ni deseado momento.


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            Teresa recompuso su ropa y altivez. Pascual al  observarla le  llegaban a la mente palabras que hasta entonces fueron silenciadas, confundiéndose con las de ella. ¿Era aquella la misma  mujer apasionada y ardiente que conoció unos meses atrás? Parecía tan diferente, casi diría que se había entregado solo por complacerle. ¿Y él, qué pasaba con él, a qué venía esa desazón repentina?  Creyó que la quería al sentir su estómago encogerse, se había vuelto a enamorar o, le traicionaba de nuevo su buena suerte.  
           
            La evidencia marcaba arrugas y canas, aún así, distaba de considerarse un viejo a pesar de darse cuenta  de la diferencia de edad que los separaba, acaso por eso, ella tuviera otros ademanes, otra forma de expresar sus sentimientos, si bien, tampoco fuera una moza. Él comenzaba a mirar las cosas y sucesos a través de un prisma serio y práctico. Hizo balance de su vida, no esperaba nada excepcional de ella teniendo en cuenta sus tropiezos, a no ser que jugara muy bien con las cartas que el destino le repartía cada día. Convencido de tener derecho a caminar acompañado del amor, en lugar de la mísera soledad allá donde fuese.

            Calmado ese ardor desmedido perteneciente a una edad más temprana,  podía examinar con precisión hasta qué punto el hallazgo del reencontrado amor, le depararía un futuro asentado en los cimientos del cariño y respeto mutuo. Aquella mujer pareciese tenerlo hechizado con sus encantos. Su alma solitaria y vagabunda necesitaba el reposo que confiere el hogar al lado de una buena esposa, sabía a qué se refería, también esa estupenda compañía la perdió,  igual a  tantas cosas buenas que en el pasado le pertenecieron. Por alguna razón inexplicable, empezó a dudar de si Teresa llenaría el tremendo vacío de su corazón y le ayudaría a encauzar su camino. La conocía tan poco que la vio extraña.

            Se dibujó ridículo, desnudo sobre un montón de heno que se adhería a su cuerpo húmedo, en un establo donde el calor y olor de los animales le tapaban las fosas nasales. 

            ─ ¿Qué te ocurre?, ¿me estás escuchando? No te habrás echado para atrás. Mañana es el día, está todo preparado. Contesta, dime algo por el amor de Dios.  ─ Espetó irritada al comprobar que sus palabras fueron esfumadas.

            Contestó con desgana.

            ─ Si, si, me acuerdo de todo, lo hemos hablado muchas veces. Es el trabajo más fácil que me han encomendado hasta ahora. No tienes de qué preocuparte mujer. Anda, ven aquí un ratito más y lo volvemos a repasar.  ─ Deseó que ella aceptara para limpiar de telarañas su espíritu  inquieto.

            ─ Tengo que marchar, he de volver antes que Carmela termine de recoger la cocina, la señora puede llamarme en cualquier momento para acostar a los niños.

            ─ Haz lo que quieras. Estoy muy cansado, creo que me dormiré enseguida.

            A punto de abrir la puerta para salir, Teresa se volvió para advertirle.

            ─ Ten cuidado, vendré en cuanto pueda a traerte comida. Por lo demás, si no haces ruido nadie te descubrirá, mañana no necesitan sacar a los caballos y las llaves las tengo yo. Que descanses.

            Dejó de vagar por los recovecos de sus miedos, se centró en las próximas horas dentro de la casa que pensaba con gusto desvalijar.  Si todo salía bien, y  el botín era tan substancioso según pronóstico, su vida volvería a la mejora de los buenos tiempos, dejaría de delinquir y formaría una familia, incluso con hijos, si Teresa quería hermanos para el que ya tenía, al que mantenía en secreto y a salvo de las malas lenguas. Vivía en la ciudad, donde lo cuidaba su hermana y el marido de ésta.  Lo traerían a vivir con ellos, eran viudo y soltera, libres para comenzar de nuevo en algún lugar que no les conocieran, nadie tendría que saber nunca que aquel hijo no era de ambos.


            Se quedó dormido imaginando un nuevo hogar para los tres.  

Continuará...

Mila Gomez.