jueves, 3 de marzo de 2016

Ensueño de un Bandolero (Parte V)





            Pascual y Teresa entraron en la casa según lo previsto, en silencio y sin testigos.

            Teresa lo llevó a su habitación compartida  con Carmela, compañera que debería estar en el salón con los demás cuidando no faltara aperitivo a los invitados, por si necesitase entrar, cerraron con llave la puerta, en tal caso,  llamaría y Pascual tendría tiempo de esconderse. 


            Repasaron una vez más los pormenores a seguir, quedaba veinte minutos para que empezase la función, para entonces estarían solos en las principales dependencias de la  casa, pudiendo actuar a sus anchas al menos por dos horas. Si todo había salido bien, al terminar la función ellos se encontrarían sentados en los cómodos asientos del tren, dirección a la ciudad, a buscar al hijo  de Teresa para llevárselo con ellos.

            Pascual con sonrisa burlona habló.

            ─ Esto sí que es un trabajo limpio y rentable. Voy a desvalijar a un tipo rico, mal nacido y abusador de mujeres delante de sus propias narices, con toda la parentela al lado y ni se enterará que fui yo.

            ─ Si, tú puedes estar tranquilo, nadie te conoce por estos entornos, ni te vieron nunca conmigo, en cambio  yo he de tener cuidado, he arriesgado mucho y dejo madre aquí, a medias engañada. Habló Teresa con resentimiento.  

            ─La escribirás nada más estemos instalados con tu hijo, ya decidiremos qué será lo más conveniente para todos que sepa, sin ponerla en compromiso ni en peligro nuestras vidas.  ─ La calmó Pascual. 

            ─ La obra ha debido empezar ya. Vayamos a hacer nuestro trabajo, si alguien nos viera recuerda que eres el nuevo afilador, te voy a dejar las navajas de afeitar del señor, las tijeras del costurero de la señora y los  instrumentos de la cocina, afilado todo junto saldrá más barato. Es muy creíble, nadie dudará.  

           ─ Si. Contestó Pascual con el ceño fruncido igual que una pasa. Voy a dejarles la casa tan pulida y pulcra que tardarán en darse cuenta ja,ja,ja,Le salió sin querer una risa nerviosa.

            ─ Chisss, silencio, como te atreves a alterar el ritmo de la voz. Alguien podría deambular aún por los pasillos. 

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            Rozando los poros de las baldosas del suelo, se encaminaron con precaución hasta las dependencias privadas del matrimonio  Ávila. Abrieron con sigilo la puerta, estaba sin atrancar, para el caso de haberla encontrado cerrada, los dos rufianes iban provistos de artilugios.  

           A los ojos de Pascual acostumbrado a desvalijar ricas masadas, la estancia que tenía ante sí, aventajaba en grado suma a cualquiera vista o figurada.

            En sendas paredes pende un gran espejo, enmarcado en bellos repujados de cobre rojizo, a sus pies, la consola con su armazón intrincado y patas en conjunto a las filigranas del espejo, con el mármol de arabesco.

            Los candelabros de bronce macizo, las cajas de plata labradas, los marcos de las fotos de la familia Ávila, las cruces, y los tapetes bordados sobre lienzo de lino suave, fueron a parar a la saca de los dos maleantes. Y sustrajeron lo que de valor había dentro de los cajones.

            Subieron por unos peldaños que terminaban en una sala  de estar, arte pictórico, y retratos al óleo del matrimonio decoraban las paredes. Cuatro butacones de orejeras y un canapé de dos plazas en torno a una baja mesa ovalada, llena de  estatuillas y ornamentos, las de plata y oro, ¿cómo no? fueron a parar también a las sacas.  

            A la derecha se encontraba el dormitorio matrimonial, a la izquierda,  el despacho de don Tomás. Hacía allí se dirigieron. Una vez dentro, Teresa propuso.  

            ─ Yo sé donde guarda los dineros don Tomás, tú ves a la habitación, coge las joyas que ya sabes donde están, con todo lo que podamos vender y no tenga mucho peso, luego te vienes y acabamos de recoger aquí.  

Continuará...


Mila Gomez.