jueves, 13 de octubre de 2016

Un Hombre Inolvidable




En una ocasión un espíritu ocupó las carnes de un hombre, ser diferente y muy igual al resto, podría tratarse de alguien venido de alguna estrella por el conocimiento que en aquella época, promulgaba. No fue comprendido, pero si dio a entender su característica de templanza, entre otras nobles virtudes que se le atribuyeron, las cuales, permanecieron impresas e imborrables para el pueblo.

Un día de su adolescencia, quizás fuera por lo extraordinario de su equipaje en humildad y carisma, le preguntaron, ¿Quién eres? Ese día y los restantes con idéntica pregunta, él respondía lo mismo. Soy hijo de Dios.

La respuesta llegó a oídos de los dioses de entonces, ellos diferentes pero iguales en arrogancia. Una falta grave escuchar semejante desatino en persona del vulgo que aunque pacífico, prometía vida eterna y poder absoluto, amor e igualdad, paz y un montón de habilidades nunca escuchadas, acompañadas todas por parábolas que nadie entendía con claridad y demostraciones mágicas.

Los dioses eran ellos y ningún hijo que no fuera digno de ellos, podía decir ser hijo solo de uno que no conocían. No tenía sentido y sí atrevimiento.

Las gentes, subyugadas al yugo de la ignorancia y temerosas de lo desconocido, creyeron a los ídolos y dejaron que éstos, continuaran pensando por ellos, acatando voluntades que les perjudicaban y mantenían prisioneros en la ilusión de no ser nadie importante.

Al verse la fuerza fortalecida, los dioses consideraron apropiado tomar medidas para que ninguno de los súbditos se atreviera, en un futuro, recurrir a la misma insubordinación de decir, Soy hijo de Dios.

Vieron crecer en ellos un estímulo para erradicar la desobediencia y someter más al pueblo con el miedo. Decidieron catalogar la osadía como una gran blasfemia, y como tal, merecía el peor de los castigos. Uno que para el resto de los días nadie dejase de culparse a sí misma si cometía una falta, por leve que la falta fuera. Ser hijo de Dios sin la autorización debida, debería ser una prohibición en toda regla. Se encargarían de que la blasfemia fuese recordada por los siglos y olvidada con ello, la salvación por la inocencia.


***
Una vez castigado con todas las leyes físicas el que tanto prometía, la muchedumbre, pavorosa, fue olvidando la respuesta a, ¿Quién eres? Y para quienes la recordaban fue volviéndose borrosa e incluso ridiculizada la afirmación. Había una distorsión muy grande en su significado, y el legado de aquel hombre aparecía confuso. El temor a conocer la verdad, ¡inmenso! tan pesado como llevar a hombros una cruz.  

El reinado creyó abatir sobre sus obras la maldición de un Dios despiadado. 

El absoluto poder, declarado por el que dijera ser hijo de Dios, se hizo a un lado para que la fuerza se perdiera en ella misma, hasta que, agotada por la desesperanza de no ganar nunca una batalla, por estar siempre atacando, la fuerza se reconociera falsa y afirmada con la verdad, en la que el poder vencería.

Para eso faltaba que el tiempo disipara la oscuridad, la maldición desapareciera en la nada de donde vino y la luz emergiese en su lugar.  Entre tanto, el hombre de la templanza tornaría adoptando muchas y diversas formas clamando por su inocencia y por la libertad de quienes lo condenaron sin saber.

Llegado el momento de conocer la verdad, Él, desde las estrellas, vivo aún en la eternidad, enviaría canales de luz con su respuesta como la respuesta de todos quienes para sí, se hicieran la misma pregunta. Alcanzando a la muchedumbre pavorosa de la época, que ahora, con diferente comprensión, lograba entender, y extender, las palabras que pronunciara Aquel Hombre Inolvidable.
Soy hijo de Dios.


"Solo por el amor será salvo el hombre." 
"Jesucristo" 
Mila Gomez.  


Nota;
Hace algo más de un año, mi esposo me propuso hacer un relato sobre la vida de Jesucristo, Me quedé  (¿?) Y olvidé el tema por completo. El otro día mi mente sin previo recuerdo me transmitió la inspiración que acaban de leer. Una idea sobre la vida del Hombre del que hemos oído hablar todos. El relato se lo dedico muy especialmente y con amor a Carlos, mi esposo y compañero en esta vida y quién sabe de cuántas más. Gracias, Carlos.