Nos enamoramos al primer golpe de vista. Luis era miembro del Grupo de
Socorro de Montaña. Experto en alpinismo…, practicando en lo que yo más temía,
y asimismo, fascinaba.
Como no sabía de dónde venían los deseos por subir cimas…, ni la terquedad,
accedí a ir con él de excursión… A los pies de una pequeña colina prevista para
subir, que percibí gigante, me atasqué. Con pensamientos paranoides y excesiva
sudoración. Recordé; que ya tenía aceptado lo que no quería: tengo acrofobia.
Cuando expliqué a Luis de esa obstinada, y contradictoria fobia, ocurrió algo insólito; comenzó a aparecer en mi realidad onírica. Efectuábamos fantásticas proezas escalando, hasta en descomunales cumbres nevadas. Aparte de buen equipo, iba acompañada por alguien que, simplemente, confiaba en mí. ¡Todo parecía tan real!
Curiosamente, en el día comprobaba que mi confianza crecía. Llegué a disfrutar con las vistas desde el campanario de la iglesia del pueblo.
Aquellos sueños en los que junto a él subía…, bajando como si nada, eran semejantes
a recuperar una olvidada sabiduría.
¿Miedo? ¿Superación? No lograba discernir cuál tenía más poder sobre mí.
Pero una expedición en Nepal nos aleja, allí, él desapareció; me quedé sin
sueños mágicos. También con algo impulsando a conquistar “otros sueños” con lo recién
experimentado. Pues el amor de Luis había penetrado en mis miedos…,
liberándolos.
Hace un año conseguí dos premios en escalada.
Uno, está de adorno.
El otro me reafirma: “Los sueños se parecen a la realidad en que; por común temen al miedo”.


