La gatita Isis acompaña en el devaneo mental, dormitando en la alfombra cerca de donde descansan mis pies (pienso que está en un nivel más alto que yo). Parece esperar a que me decida por un borrador, o, empiece un escrito nuevo. ¡No hay manera!
Salgo a la terraza, a ver si se despierta alguna aletargada neurona. Isis también. Comienzo a observarla. Arquea orejas para escuchar lo que para mí es silencio. Su olfato, oídos y ojos son antenas captadoras de lo minúsculo, ¡qué privilegio! Sube al tejado: camina por las tejas, se aquieta, acurruca como bolita de peluche. Siento su impoluta presencia transmitiendo serenidad, esa ausencia estando tan presente.
La mañana es cálida, el cielo tiene color cerúleo; las golondrinas vuelan alto. No lloverá.
Miro al sol y cierro los ojos, quiero sentir su energía mientras le envío gratitud en callada plegaria. Me siento rayo, luz, vacía de materia… En mi mente el sol se dobla formando dos esferas de un azul intenso, ¡hermosísimo!
Una historia se ha filtrado por la cabeza; leo principio y final. Entro con la sonrisa de oreja a oreja. Isis se marcha dejándome con el duende inspirador. El folio en blanco aún espera. Las letras piden salir.
Cojo el lápiz.
− SUSI
− DIME LUIS
−BAJA, TENEMOS CITA CON EL DENTISTA
“Vaya, olvidé la visita, y se queda el cuento entre renglones”.©Mila Gomez
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